Una tendencia recorre el mundo: la automedicación. Es el paciente quien decide qué tratamiento (auto)administrar(se), en qué dosis, y por cuánto tiempo. Esta decisión implica evitar una consulta médica, y por lo tanto, lleva implícito un autodiagnóstico. Sin embargo, no siempre es fino el autodiagnóstico de toxicidad por la automedicación seleccionada, y ni hablemos de la conciencia respecto de interacciones farmacológicas (o fármaco-nutriente) potencialmente serias. Agreguemos que la información disponible por escrito es mala, o pobre, o engañosa, o inexistente (ver la entrada sobre Prospectos), y tenemos un cuadro de situación.
¿Cuán acertados son los pacientes - en general - para autodiagnosticarse? Depende. Si juzgamos a partir de relevamientos informales en estudiantes de Medicina y en profesionales de la Salud, el cuadro resulta muy variado. De hecho, uno no puede autoexaminarse las fauces, por ejemplo. Y cuesta tomar distancia y reflexionar sobre los posibles diagnósticos si uno mismo es, a la vez, médico y paciente. En la población general, la tendencia al autodiagnóstico y consiguiente automedicación reconoce varios orígenes:
- las reales dificultades y obstáculos burocráticos para acceder a una consulta profesional de calidad, empática y resolutiva, en horarios y plazos razonables: o bien "sólo se entregan veinte números" en algún hospital público, o bien "la Doctora no tiene turno hasta dentro de tres meses" o "el Dr. se fue y no dejó reemplazo", etc, etc.
- la expectativa social "de la satisfacción instantánea" ("quiero una solución, aquí y ahora, y sin moverme de casa")
- las campañas de publicidad de los laboratorios farmacéuticos
- limitaciones económicas - o geográficas, en algunos sectores del país
- temor a solicitar horas en el trabajo, para una ronda cuasi-interminable de consultas, análisis, derivaciones y más consultas
- percepciones distorsionadas ("esto lo arreglo yo mismo, fácilmente; no es nada")
Una encuesta del Ministerio de Salud de la Nación en Capital y Gran Buenos Aires en el 2002 reveló - previsiblemente - que las familias de menores ingresos utilizaban un mayor porcentaje de su presupuesto mensual de salud en adquirir medicamentos, y muy poco en estudios diagnósticos y consultas médicas, en contraste con los estratos de mayores ingresos. En otras palabras, quienes tenían más dificultades económicas "navegaban a oscuras" en lo referente a su salud.
Es típico que los médicos critiquemos y demonicemos la automedicación. Y en líneas generales, tenemos razón. Esa fiebre, ese dolor que no desaparece, esa falta de aire... ¿puede ser que todo se arregle con "una pastillita" y nada más?
¿No hay acaso una amplia variedad de medicamentos de venta libre en países "avanzados"? Paracetamol, ibuprofeno, omeprazol, ranitidina, antiácidos, cafeína + aspirina, antihistamínicos, polivitamínicos... una larga lista, creciente año a año, atestigua que los medicamentos de venta libre representan un buen negocio (y por tanto, la automedicación mayormente, ya que es reducido el porcentaje de estas compras indicadas por un médico). En la Argentina, luego de caer junto con la convertibilidad y muchas otras cosas hechas añicos entre el 2001 y 2002, el consumo de medicamentos de venta libre superó en unidades (más de 90 millones de envases) las marcas de los años noventa, y sigue creciendo.
Primera conclusión: la automedicación llegó para quedarse y expandirse. Hay que vivir con ella.
Segunda conclusión: los médicos no estamos utilizando esta situación para educar a nuestros pacientes y a la sociedad. Podríamos redactar cortos artículos del estilo: "¿Sabía Ud que la aspirina puede causar X, J, y W efectos adversos serios si Ud no toma ciertas precauciones?".
Educación, educación, educación. ¿Cómo vamos a educar, si muchos profesionales no se toman el minuto para la anamnesis farmacológica: qué toma el paciente? qué solía tomar? qué le cayó mal (edema de cara, de glotis, erupción cutánea severa, dificultad respiratoria)?
¿Por qué no exigimos a la autoridad regulatoria la difusión de prospectos de los productos de venta libre - por ejemplo, en un sector de la página web de la ANMAT? (www.anmat.gov.ar). O en cualquier otra página médica, por favor!
Tercera conclusión: en algunas situaciones, obtener alivio sintomático rápido podría ser muy conveniente y deseable - sobre todo, en patologías caracterizadas por recidivas o crisis periódicas o ataques frecuentes (migraña, dismenorrea, síndrome gripal), en particular en lugares relativamente alejados. Sin duda, los lugares relativamente alejados también tienen derecho a tener atención profesional de su salud, y hay que trabajar en ese punto.
Si los envases de venta libre tuviesen un tamaño muy restringido, se reforzaría la necesidad de consultar al médico en un tiempo ágil y razonable - y al mismo tiempo, se reduciría el riesgo de sobredosis accidental o deliberada.
¿Sabía Ud que el paracetamol fue responsable del 75% de las fallas hepáticas fulminantes, en base a los registros de trasplante de USA y de Gran Bretaña?
En este contexto, recordando que una caja de aspirinas "de las que tienen los quioscos" contiene suficiente aspirina para (perdónenme la idea atroz) como para causar la muerte de todos los chicos de una nursery, o quizás de una guardería... no sería hora de prohibir la publicidad de los medicamentos de venta libre?
En la Argentina de hoy hay millones de personas que "no logran ver un médico", y miles de médicos (generalmente jóvenes) que "no logran ver un paciente". Teniendo tanto interés por parte de la "oferta" como de la "demanda", no hace falta un Premio Nobel para conectarlas. De ese modo, una de las causas de automedicación desaparecería, en una solución superadora.
Quedo a disposición para comentarios, aclaraciones, críticas, correcciones y otros aportes.
Saludos,
Pedro Politi
Nuevo podcast de psicofarmacología (en inglés)
Hace 8 años